El dictador se aferra a su trono, y los vecinos lo miran feo ¿sirve de algo?
OPINIÓN POR: Octavio Gómez Q.
No soy simpatizante de Nicolás Maduro ni mucho menos, pero lo que intentan hacer los opositores del dictador tanto dentro como fuera de Venezuela, reconociendo a Edmundo es equivalente a quitarle un hueso a un perro bravo.
Cuando más intentas hacerlo, más se aferrará el sabueso a su presa.
Por ello, recurrir a la vieja fórmula de impulsar a todo pulmón a un presidente interino, como lo hicieron con Juan Guaidó, solo logrará el efecto contrario.
Deslegitimar a Maduro lo envalentonará aún más y a sus aliados nada pequeños, como son dos potencias mundiales: China y Rusia.
Con esos dos perros guardianes a su lado, dudo que puedan arrebatarle el poder a Maduro.
Ladran Sancho mientras cabalgamos, decía el Quijote de la Mancha.
Y mientras el dictador se ríe de sus opositores, ellos hacen el oso tal como lo hizo el expresidente Duque en su momento, al afirmar que a Maduro le “quedaban las horas contadas”.

Y parte de la narrativa de su Gobierno fue darle golpes de ciego a su vecino rival, intentando a su vez, intimidar a los ingenuos colombianos que no alcanzan a diferenciar a un dictador declarado como Maduro, de uno disfrazado de demócrata (colombiano por supuesto), pero como mascota bien amaestrada, obedeciendo a los más altos y corruptos centros de poder político y mafioso.
La vieja fórmula amenazante de “convertirnos en Venezuela”, está tan gastada, así como la de reconocer un presidente paralelo, sin ningún poder en absoluto, que no tiene siquiera un discurso convincente que al menos lo identifique como un líder auténtico, que no necesita cajas de resonancia marca Machado, además de los altavoces de la prensa comercial que abre siempre los micrófonos a cualquiera de le tire piedras al régimen Maduro.
No señores. Por ahí no es la cosa y ese perro bravo que resultó Maduro, hay que ablandarlo con otras tácticas que le hagan olvidar de ese hueso duro de roer, llamado Venezuela.
¿Pero cuál sería esa táctica?
Primero hay que entender que la injerencia política o militar en países ajenos, no han sido la mejor fórmula para establecer la palabra mágica que se llama democracia.
Y Colombia mucho menos ha pretendido hacerlo con la fuerza o la violencia, pero sí a través de campañas mediáticas y demagógicas, buscando distraer la atención de su propio pueblo, víctima de unos partidos políticos corrompidos hasta el tuétano.
Maduro y su Venezuela han sido el abanico con el que los políticos colombianos han pretendido disimular el fétido olor de su propia corrupción.
Miran el sucio en el ojo ajeno, en vez de mirar en el propio.
Y Colombia hoy tiene un Presidente que, en vez de buscar camorra con sus vecinos, ha abierto la frontera porque entiende que, antes de ponerse los guantes de boxeo, es mejor intercambiar mercancías y reactivar el comercio con el país vecino. No importa si sigue Maduro en el poder o si logran quitarle el hueso y lo sustituye Edmundo.
Allá los vecinos con sus peleas porque meterse en los líos ajenos, por lo general se sale perdiendo y se queda uno sin el pan y sin el queso.
Se posesiona Maduro, bajo un manto de ilegalidad y usurpación del poder legítimo, pero ahí sigue, como ese vecino que pone su bafle a todo volumen y nos ensordece, o como ese perro que no suelta su hueso. Habrá que cambiarle la presa por otra cosa, pero a la brava no será la fórmula. Mire y verá.