Radiografía del desprecio a la diferencia

Radiografía del desprecio a la diferencia

 

OPINIÓN

Por: Gloria Gómez Ochoa

Vergonzosa. Esa es la palabra que mejor define la actitud de ciertos sectores de la oposición colombiana. Lo ocurrido en el Congreso, este 20 de julio, no fue un acto democrático, sino una puesta en escena ofensiva que rebaja el ejercicio político a una caricatura de berrinche y desprecio por la diferencia y la institucionalidad.

La burla hacia el Presidente legítimamente elegido por más de 11 millones de ciudadanos no es solo una falta de respeto personal: es una negación simbólica del mandato popular.

Y lo más grave es que este tipo de gestos no son aislados. Reflejan un patrón histórico en Colombia: el menosprecio por la norma, la legalidad y la autoridad democrática. Un desprecio que ha dado lugar a una ciudadanía intolerante, plagada de una profunda incapacidad para aceptar la diferencia.

Colombia ha sido calificada como uno de los países más violentos del mundo. Para muestra, un botón. En los primeros meses de 2025 se registraron 69 asesinatos de líderes sociales, 22 masacres y 20 homicidios de firmantes del acuerdo de paz.

¿Qué mensaje recibe la juventud colombiana al ver a sus representantes, a su dirigencia política insultarse, burlarse y gritar como si estuvieran en una pelea de gallos?

¿Qué la violencia verbal es un camino legítimo? ¿Qué desconocer la autoridad y apostarle a la venganza garantiza resultados?

Uno de los momentos más patéticos fue el grito “Ferragamo”, que más que una ironía fue un ataque de clasismo encubierto.

Se lanzó como si ser de izquierda implicara una obligación de pobreza, como si vestir una marca reconocida fuera privilegio exclusivo de congresistas que ganan más de 50 millones de pesos al mes y viven entre carros de alta gama y mansiones en zonas exclusivas, de cuenta de los impuestos de los y las colombianas.

Ese es el mensaje de fondo: solo la élite política, empresarial y económica de este país puede vivir con la comodidad que da ser heredero de clanes políticos. Y el resto, la mayoría empobrecida, debe aceptar con resignación su lugar en el mapa social y económico en el que quedó ubicado.

Un país con más de 16 millones de personas en condición de pobreza monetaria, donde el 11% vive en la pobreza extrema.

Donde el desempleo llegó a 21.4% en 2020 (desde 2023 viene en reducción y para 2025 es de 9%).

Colombia, según la OCDE, es el país con los más altos niveles de desempleo, superado por España, dónde la informalidad laboral supera el 55%, alcanzando niveles hasta del 83% en zonas rurales. Y por si fuera poco nos ubica en el lugar de mayor desigualdad con un índice Gini de 53.9.

A esto se suma que somos un país carcomido por la corrupción. Colombia ha perdido miles de millones de dólares por saqueos que vienen desde hace más de medio siglo: contratos amañados, favores políticos, sobrecostos en obras y proyectos inconclusos, no realizados y apropiación de recursos destinados a beneficiar a los más marginados.

La historia de la corrupción en Colombia no comenzó hace tres años, cómo quiere venderla la oposición. Lleva décadas enquistada en las entrañas del poder. Es una forma velada de ocultar que es así como han gobernado este país por casi dos siglos.

Ahora, cuando alguien se atreve a cuestionar los privilegios o a romper el molde de clase y discurso dominante, la respuesta es la burla, el abucheo, el grito clasista. Pero ni un argumento ni una cifra ni un debate responsable y serio como se lo merece este país, presentó la derecha en el recinto del Senado.

Al parecer es un modus operandi, así mismo se burlaron de los colombianos cuando hundieron la reforma laboral y la de salud, festejaron en una actitud revanchista y vengativa, sin entereza ni gallardía.

Del legislativo se espera que proponga, debata, cuestione y contra argumente con conocimientos, no que se mofe por no aprobar beneficios para los menos favorecidos, que en este país son millones.

Pero, la polarización política es más rentable para sus intereses. Lo que está en juego es más profundo, no son solo curules, sino un modelo de país. Y lo que más temen estos sectores del poder no es perder una elección: es perder el monopolio del privilegio.

Hoy más que nunca es necesario preguntarnos: ¿En manos de quién ha estado el poder en Colombia? Basta con mirar la historia para saberlo. ¿Cuál es el país que queremos construir? ¿Uno que perpetúe la exclusión y el desprecio? ¿O uno que dignifique la vida, la participación y la diferencia?