Gloria Gómez Ochoa-Periodista

Cuando vi ese video infame de la agonía de Sara Millerey González, un ser humano que se debatía entre la vida y la muerte sin poder hacer nada, y a los ojos indiferentes de todos y de todas, y de quienes fueron capaces de grabar la tragedia de Sara como si fuera la gran primicia, un espectáculo, el gran logro viral de las redes sociales, sentí el peso de esta humanidad plagada de crimenes atroces, de actos de torturas inimaginables.
Sara, una mujer que por su condición de transexual, fue víctima de un crimen vil de transfobia y homofobia.
Ataques homofóbicos de aquellos y aquellas que se creen con el poder de decidir, juzgar, controlar y acabar con la vida de los demás, en nombre de Dios, las buenas costumbres o de una ideología (facista) que niega derechos y aniquila todo aquello que es distinto.
A lo largo de la historia muchas han sido las mujeres perseguidas por desafiar las normas de su época, por su inteligencia y sus pensamientos liberales, progresistas y libertarios.
Juana de Arco, quemada viva a los 19 años, acusada de herejía y brujería.
Hipatia de Alejandría, filósofa, matemática y astrónoma de la antigüedad brutalmente asesinada por una turba de gente en Alejandría por sus ideas y su influencia en la ciencia y la filosofía. Anne Askew, en 1500, poetisa y predicadora inglesa que fue torturada y quemada en la hoguera por sus creencias religiosas reformistas durante el reinado de Enrique VIII.
Crímenes de odio homofóbico como los de John de Wettre (1292) fabricante de cuchillos en Gante, Bélgica, fue quemado en la hoguera. Dominique Phinot (1556) compositor del Renacimiento en Francia, ejecutado en Lyon y George Duncan (1972) un académico australiano que murió tras ser arrojado a un río en Adelaida, por un grupo de hombres, presuntamente policías, todos asesinados por su orientación sexual.
Crímenes que creíamos superados, pero no. Se repiten esta vez en la frágil humanidad de Sara, una mujer en total indefensión, a quien no sólo la querían matar, querían torturarla. Le quebraron sus piernas y sus manos para ponerla en el más infame estado de invalidez y vulnerabilidad. La lanzaron a una quebrada para que se ahogara sin posibilidad alguna de salvarse. Querían humillarla, castigarla, mofarse de su sufrimiento.
Un execrable crimen cargado de sevicia, que indigna y llena de impotencia frente a la barbarie de seres, que demuestran que seguimos siendo turbas de gente disfrutando de los espectáculos sangrientos de la época de los romanos o de la Edad Media, sin el más mínimo sentido de humanidad, compasión o piedad por el dolor ajeno.
Hoy es el asesinato atroz de Sara. Mañana ¿a quién más veremos morir en similares o peores condiciones?
El crimen de Sara es la muestra de una sociedad violenta, intolerante que desprecia la vida y que es incapaz de aceptar y tolerar que este mundo es diverso como su flora, su fauna, sus pueblos, sus etnias, sus culturas, y como lo es la diversidad sexual de todos los seres humanos que habitamos este planeta.
Me duele la muerte de Sara profundamente.
Me duele esta sociedad de doble moral que hoy en pleno siglo XXI sigue pregonando un discurso de exclusión y de discriminación que cada vez toma más fuerza, inunda redes sociales, medios de comunicación y los aprovecha para difundir un mensaje macabro de destrucción y de exterminio. Creíamos que habíamos avanzado como sociedad pero no es cierto.
En pleno siglo XXI, sin escrúpulos, seguimos contemplando sin la más mínima compasión el dolor y el sufrimiento ajeno y nos quedamos de brazos cruzados.
Que se haga justicia con todo rigor, y se aplique todo el peso de la ley a sus asesinos, que la búsqueda de ellos sea incansable. Es lo menos que podemos hacer como personas, cómo ciudadanía, como reales seres humanos, por esta mujer que fue tan cruel y vilmente ultrajada y asesinada. #JusticiaparaSaraMillerey.